Qué Se Dice

Sopla una vela con forma de su propia cabeza. Retrato híbrido QSD — foto real intervenida con IA.
Corrientes · Actualidad

Noticias de Ayer

Los Redondos llegaron tarde al interior, como contrabando emocional. Con la muerte del Indio vuelve a hacer sentido una Argentina paranoica, rota y difícil de explicar.

Mi viejo me había prometido una remera de Los Redondos.

No sé si alguna vez la compró. Creo que no. Pero me acuerdo de la promesa. Me acuerdo porque en Corrientes, a fines de los noventa, Los Redondos no eran solamente una banda. Eran una especie de rumor. Algo que llegaba tarde, grabado, copiado, deformado por el viaje. Como si el rock porteño bajara al interior convertido en contrabando emocional.

Yo todavía no entendía qué representaban.

Tenía doce años cuando vi por televisión los disturbios de un recital. Humo. Corridas. La policía. Gente llorando. Gente rota. Y en el medio de todo eso, una banda que parecía más grande que la música misma.

Después vino la separación.

Y como pasa con todas las cosas imposibles de alcanzar, la mística se volvió todavía más grande.

En las veredas empezaron a aparecer las frases. Remeras negras desteñidas. CDs grabados con fibrón. Pibes fumando en la esquina hablando del Indio como si fuera un profeta paranoico o un sobreviviente de algo que nadie terminaba de entender.

En esa época conocí a un compañero nuevo. Más grande. Repitente. Problemático. Pero bueno. De esos tipos que parecían venir ya cansados de la vida a los quince años. Escuchaba Los Redondos como otros rezaban.

Ahí entendí que la música del Indio no funcionaba como otras bandas.

No se entendía.
Se respiraba.

Todo preso es político

Las canciones del Indio nunca parecían escritas para explicarse.

No había una historia lineal. No había moraleja. A veces ni siquiera parecía haber conexión entre una frase y la otra. Como si las letras fueran flashes sueltos de alguien atravesando distintos estados mentales al mismo tiempo. Paranoia. Calle. Encierro. Televisión prendida de fondo. Un país roto entrando por la ventana.

Y sin embargo funcionaban.

Porque el Indio entendió algo antes que muchos: la paranoia también podía ser poesía.

Había una influencia política evidente. Marxismo. Contracultura. Desconfianza permanente hacia el poder, hacia los medios, hacia las estructuras. Pero nunca bajado como panfleto universitario. Todo aparecía deformado por imágenes raras, personajes marginales, noches largas y una sensación constante de amenaza.

El Indio escribía como alguien que miraba la realidad desde atrás de un vidrio roto.

Por eso conectaba con tanta gente distinta.

Con el pibe del barrio.

Con el adicto.

Con el técnico.

Con el hippie.

Con el tipo que trabajaba doce horas.

Con el que no encajaba en ningún lado.

Había algo profundamente argentino en esa oscuridad.

Porque mientras el país intentaba vender normalidad, Los Redondos parecían recordarte que abajo de la alfombra seguían estando la bronca, el miedo, la violencia, la soledad y la sensación de que todo podía explotar en cualquier momento.

La misa ricotera nacía ahí.

No desde la prolijidad.
Desde la herida.

Jijiji

Había algo completamente antiestético en la misa ricotera.

Y justamente por eso era verdadera.

No parecía un recital organizado para vender felicidad. No había globos, sonrisas televisivas ni discursos de autoayuda. Había humo. Había descontrol. Había gente rota abrazándose entre desconocidos mientras sonaban canciones que parecían escritas para los que nunca terminaban de encajar.

La leyenda decía que en algunos shows se formaba un hongo de humo sobre el público. Como una explosión silenciosa hecha de miles de porros prendidos al mismo tiempo. Y aunque probablemente fuera exageración, la imagen sobrevivió porque representaba algo real: los recitales del Indio parecían suspendidos afuera de la normalidad.

La droga existía. La paranoia existía. El exceso existía.

Negarlo sería mentir.

Pero reducir todo a eso también sería no entender nada.

Porque en el medio de ese caos convivían personas que en cualquier otro lugar jamás se hubieran cruzado. Hippies destruidos. Pibes del barrio. Técnicos. Profesionales. Banqueros. Tipos sin trabajo. Rastafaris. Gente sola. Gente peligrosa. Gente buena.

Todos apretados en una misma liturgia.

Eso no pasaba con otras bandas. Al menos no con esa intensidad.

El Indio tenía una capacidad extraña: transformar la marginalidad en ceremonia popular. Hacer que personas completamente corridas de la sociedad sintieran, aunque fuera por un rato, que pertenecían a algo.

Y quizás ahí estaba la verdadera mística.

No en las letras incomprensibles.
No en la droga.
No en el personaje.
Sino en esa sensación imposible de explicar de que, mientras sonaba Jijiji, el mundo de afuera dejaba de existir unos minutos.
Como si toda la oscuridad estuviera finalmente autorizada a salir.
Y estuviera todo bien.

Un ángel para tu soledad

Yo nunca terminé de ser ricotero del todo.

Orbité esa cultura. La respiré. La vi de cerca. Pero siempre desde un costado. Como alguien que se acerca al fuego sin meterse completamente adentro.

Y tal vez por eso hoy puedo recordarla sin fanatismo.

Después terminé cayendo más en Almafuerte, en el barrio, en otra forma de oscuridad. Más frontal. Más obrera. Menos lisérgica. Pero antes de todo eso, Los Redondos ya estaban ahí, flotando sobre la adolescencia de toda una generación.

Sobre todo en los pibes más rotos.

Había compañeros que parecían vivir directamente dentro de las canciones del Indio. Pibes acelerados demasiado temprano. Algunos con problemas mentales. Otros destruidos por la droga. Otros simplemente abandonados. Y aun así encontraban en esas letras algo parecido a una compañía.

No porque las canciones solucionaran algo.

Sino porque parecía que alguien, por fin, estaba hablando desde el mismo lugar incómodo donde ellos vivían.
La paranoia era parte de la poesía.
Y eso era peligroso.

Porque había chicos que se aferraban a esa doctrina emocional como quien se agarra de una baranda en medio de una tormenta. A veces para salvarse. A veces para hundirse más.

Pero incluso ahí había una verdad difícil de negar.

Los Redondos nunca hablaron desde la normalidad.

Le hablaban a los corridos.

A los raros.

A los que desconfiaban de todo.

A los que caminaban de noche.

A los que sentían que el mundo les quedaba siempre un poco lejos.

Por eso el Indio generó algo tan transversal.

Porque un hippie sin rumbo y un tipo de traje podían terminar cantando exactamente la misma canción con la misma desesperación.

Y eso, en Argentina, no pasa casi nunca.

Queso ruso

Hay personajes argentinos que dejan de pertenecerles a sus propias ideas.

Perón.

Maradona.

El Indio.

En algún momento ya no le hablan solamente a sus seguidores. Le hablan a una parte emocional del país. A algo mucho más irracional, más profundo y más difícil de ordenar.

Por eso explicarlos políticamente nunca alcanza.

Porque alrededor de ellos se arma otra cosa. Una especie de religión desprolija donde cada persona proyecta su bronca, su esperanza, su resentimiento o su necesidad de pertenecer.

Con el Indio pasó algo parecido.

Durante años evitó la televisión. Desconfiaba de los medios. Administraba el silencio como parte de la obra.

Luz verde al diario, amarilla a la radio y roja a la televisión.

Y no parecía pose. Parecía código.

Todo quedaba concentrado en los recitales.

Ahí ocurría la verdadera ceremonia.

Por eso la misa ricotera nunca necesitó demasiada explicación externa. Funcionaba sola. Se alimentaba de rumores, de frases sueltas, de viajes interminables para ver un show, de CDs grabados, de paredes escritas y de una generación entera sintiendo que afuera había algo podrido que nadie terminaba de nombrar.

Con el tiempo también apareció la dimensión política más explícita.

Sobre todo en los últimos veinte años.

Una juventud atravesada por nuevas discusiones empezó a encontrar en el Indio una referencia cultural casi natural. Feminismo. Antisistema. Legalizaciones. Desconfianza institucional. El clima progresista de los 2000 y 2010 terminó abrazando parte de esa mística que Los Redondos ya venían respirando desde mucho antes.

Pero incluso ahí, el fenómeno seguía siendo más grande que cualquier partido político.

Porque el Indio nunca fue un dirigente.
Fue un síntoma.

La voz de una Argentina cansada, paranoica, contradictoria y emocionalmente rota que aprendió a convivir con la sensación de que el futuro siempre estaba por desarmarse.

Y quizás por eso hoy, mientras el país vuelve a tensarse otra vez, tanta gente siente que se murió algo más que un músico.

Como si hubiera desaparecido uno de los últimos narradores de la oscuridad argentina.

Etiqueta negra

El futuro llegó hace rato

Argentina aprendió a convivir con la sensación de que el futuro siempre estaba por desarmarse.

Y quizás por eso el Indio terminó envejeciendo mejor que casi todos.

Porque mientras el mundo prometía progreso, modernidad y éxito, sus canciones ya hablaban de otra cosa: paranoia, saturación, soledad, ruido mental, desconfianza y una sociedad cada vez más rota por dentro.

El futuro llegó hace rato.

Y ahora que finalmente llegó, cuesta no sentir que tenía razón.

Llegó con algoritmos.

Con inteligencia artificial.

Con guerras transmitidas en vivo.

Con políticos convertidos en influencers.

Con gente hablando de litio, mercados y data centers mientras millones apenas intentan sobrevivir el mes.

Todo más rápido.
Todo más conectado.
Y al mismo tiempo, todo más vacío.

Por eso la muerte del Indio pegó distinto.

Porque no se murió solamente un músico.
Se apagó una de las últimas voces capaces de narrar la oscuridad argentina sin maquillarla.

Y mientras tanto el sol se muere

Tal vez por eso hoy tanta gente volvió al Indio.

No solamente por nostalgia.

Sino porque hay épocas donde ciertas voces vuelven a hacer sentido de golpe.

El futuro finalmente llegó.

Pero llegó raro.

Cansado.

Lleno de ruido.

Más rápido que humano.

Y en medio de todo eso, las canciones del Indio siguen sonando como si hablaran de ahora.

De la paranoia.

Del desencanto.

De la bronca social.

De la sensación permanente de que algo está por romperse.

Una voz que acompañó durante décadas a los que vivían corridos, desconfiando de todo, tratando de encontrar algo de belleza entre el caos.

Los Redondos nunca prometieron salvar a nadie.

Pero durante años hicieron sentir menos solos a millones.

Y eso, aunque sea difícil de explicar, también es una forma de amor.

No hacía falta entenderlos.

Alcanzaba con que alguna vez te hubieran atravesado.